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ENSAYO SOBRE EL ARTE POÉTICO (3º parte)

Cuando alguien se detiene en el ejercicio de la creación poética debe hacerlo con especial cuidado. Hacer poesía es algo más que componer versos y estrofas más o menos ocurrentes: es tener que entrar en lo más íntimo de la vida a través del lenguaje del alma. El hombre, no solo es un ser instintivo que se recrea en su exterioridad, también dispone de una parcela interior llena de sentimientos, emociones y sensaciones que solo pertenecen a la esfera de su intimidad. Es ahí en esa interioridad donde está lo más puro de sí mismo y donde no puede haber engaños, porque, le guste o no, es su propia verdad: la que cada uno llevamos dentro y que a menudo nos habla cuando hacemos un alto en el camino y queremos librarnos de esa vorágine que nos catapulta sin sentido en todas las direcciones.

La poesía es un género literario que se ha prodigado mucho y es necesario distinguir si lo que llega hasta nosotros exuda ese lirismo propio de la poesía o por el contrario, estamos frente a unos textos con escaso o nulo valor poético. Brevedad en las composiciones y utilización de un lenguaje sencillo —con vocablos de uso corriente— son necesarios para que la poesía sea más comprensible y resulte más atractiva. En adelante tendremos ocasión de ver, con un sencillo ejemplo, las coordenadas por donde se mueve el poeta para un feraz cultivo lírico y descubrir el punto de inflexión donde estalla esplendorosa la auténtica poesía.

Es una práctica habitual entre poetas noveles y poco experimentados, recurrir a vocablos altisonantes en la creencia que, éstos, enriquecen sus poesías. De la misma forma, por tal motivo, tienden a extenderse prosaica y aburridamente, porque piensan que lo breve y conciso es un signo que denota cierta pobreza de ideas y ni una cosa, ni la otra. Bien es cierto que hay poesías muy extensas de autores clásicos de una belleza extraordinaria, pero no dejan de ser historias, por lo general de tipo épico y amoroso, llevadas con mucha técnica a la poesía y que muy bien, también, se podrían encuadrarse en lo que llamamos “prosa poética” y que constituyen los Poemas. La idea central que inspira estas odas, cánticos o elegías y, mucho más, en la poesía —que es de lo que se trata en este ensayo— tiende a repetirse según se va alargando la composición —cosa muy lógica— porque, una vez que se ha expresado ese momento de inspiración con los aderezos poéticos necesarios y oportunos, que más se puede decir, sino lo mismo, pero aliñado con otra salsa. Por esto mismo, no me cabe la menor duda que, muchos de estas composiciones poéticas mejorarían, si se acortaran sus versos y quedara más al descubierto la idea inicial, auténticamente poética, que sirvió de inspiración. Esta versificación tan prolija sucede cuando el poeta, y a veces no tan novel, no sabe dominar la gran carga emocional (c. e.) que le embarga y su imaginación se dispara, de tal forma, que hasta el propio sentido poético (mensaje) puede diluirse con tanto fervor elegíaco. Lo más importante de la poesía, a mi juicio, es el mensaje que encierra y que el poeta nos quiere transmitir y la mejor forma de hacerlo es tratar de acortarla y liberarla de circunloquios vanos, para que su contenido llegue rápido y nítido a todos aquellos que buscan en ella un poco de consuelo en las noches frías del alma. La poesía es un alimento vivo para nuestra verdad callada y su ingesta ni puede ni debe esperar porque es para el consumo inmediato en ese preciso instante que necesitamos reposar y ordenar las ideas para seguir viviendo.

La poesía, por antonomasia, es un género literario muy complejo, podríamos decir, sin temor a equivocarnos, uno de los más difíciles, porque en ella confluyen muchos y muy variados factores, como más adelante tendremos ocasión de ver y explicar. El poeta que pretende la pureza poética, no suele utilizar mucho vocabulario. Digo esto porque, a mi juicio, la poesía —como manifestación del sentimiento estético— se concibe en un instante inmediato de la estimulación del poeta y no hace falta más fijación racional para obtener la mayor impresión emocional. Ahora bien, siendo solo un instante la captación poética, eso no quiere decir que no la hayan conformado multitud de caras líricas del mismo poliedro poético e, igualmente, percibidas por el poeta. Si a continuación las describiéramos todas, caeríamos, sin duda, en una repetición de esa fijación, objeto de la excitación. Entonces, y ahí es donde quería llegar, para dar forma a toda esa cascada de sensaciones ideales que el poeta capta en su entorno y hacerlo en tan solo unos pocos versos, tiene que precisar y condensar muy mucho su texto para, que a pesar de la brevedad, todo lo cubra con su bruma lírica y resulte nítido e intensamente poético. Conseguir esa miscelánea poética en olor de brevedad y sencillez, que nos invada con el hechizo de su aroma lírica, es lo que debe salir de la pluma del poeta para regalar la “visualización” de la belleza. Hay otro aspecto dentro de la propia composición que, sin intervenir directamente en el sentido de la poesía, aporta cierta musicalidad: son, como si dijéramos, versos añadidos que dan colorido y frescura, pero nada más.
Muchos y muy variados géneros literarios inundan el mundo del pensamiento, donde los autores utilizan ingentes recursos a la hora de abordar sus trabajos. El género que más se prodiga, y al que estamos más habituados es la prosa, que permite al autor redactar tantas páginas como le sean necesarias hasta concluir su trabajo: se trate de un ensayo, una obra teatral o un sainete, por poner algún ejemplo. Pero al introducirnos en el terreno de la creación poética, todo es bien distinto: la brevedad exigida por el verso anula todo estilo narrativo para dar paso a la estrofa como forma característica de la auténtica poesía. Actualmente se elabora mucha poesía utilizando una prosa con ciertas connotaciones poéticas y , esto, a mi juicio, es una grave equivocación, pues no es la forma más idónea de expresar una idea —poéticamente— si se considera a la poesía un instante de pensamiento vivo que destila belleza. Cuando se inicia la lectura de este tipo de composiciones proso-poéticas o pseudo-poéticas, no hay duda estamos ante un texto puramente narrativo, donde no pongo en duda su buena prosa pero, a decir verdad, dudo mucho de su valor, ínsitamente, poético.

La poesía, propiamente dicha es, sin lugar a dudas, aquella que se constriñe a los cánones inveterados por los que se rige su ortodoxa composición (poesía clásica). Las composiciones poéticas realizadas mediante estas formas puras, suponen una gran complejidad por razones de su propia técnica. Métricas y rimas, dan lugar a pareados, tercetos, sonetos y a muchas otras creaciones poéticas, donde el vate tiene que recurrir, a veces, a vocablos rebuscados y poco usuales hasta conseguir la rima de un verso y cerrar una estrofa. Esta forma de composición poética tan estricta y disciplinada —guardada con sigilo y hasta con cierta veneración— es la que ha imperado como género poético culto durante siglos. Poesías que eran compuestas y leídas por una reducida élite cultural, pues, solo ellos, podían interpretar el significado de muchas de esas poesías tan inextricables. Si nos retrotraemos a tiempos más actuales, también, hemos padecido cierto oscurantismo interpretativo con el surrealismo poético, o las escuelas simbolistas o parnasianas: unos estilos de hacer poesía de muy difícil aceptación, justamente, por lo ininteligible de sus composiciones. La injerencia de estos géneros poéticos, un tanto metafísicos y sofisticados y la ausencia pródiga de una poesía sencilla, llana y con sentimiento artístico popular, fue lo que motivó al día de hoy el gran desinterés que padece la poesía a pesar de haber gozado en otros tiempos de gran popularidad y atractivo. Este modo de enjuiciar la poesía clásica no pretende, en absoluto, menoscabar su autenticidad, más bien lo que se intenta es, paralelamente, poner en práctica otro método lírico que resulte menos abstruso y más fácil de entender para que la poesía sea más amena y atractiva. Se trata, si se me permite la expresión, de “vulgarizar” la poesía mediante el uso de vocablos y expresiones de uso corriente que, sin sujeción alguna a métricas y rimas y sin perder un ápice de su musicalidad y fervor poético, facilite su lectura y un entendimiento claro y rápido de los mensajes que la propia poesía encierra y que el poeta nos quiere transmitir. Esta forma vulgar y sencilla de elaborar la poesía, nos ofrece una nueva modalidad de trabajo poético que llamamos “poesía en prosa”, totalmente diferente de la “prosa poética” que muchos profesionales y aficionados practican y cuyas composiciones más se parecen a monólogos sin ningún contenido poético. Para disipar cualquier duda acerca de ese revoltijo “proso-poético” al que, aún, nadie ha encontrado su significado —porque a mi juicio no lo tiene— y diferenciarlo, definitivamente, del carácter genuino de la “poesía en prosa”, basta con hacer mención al “momento poético” (m. p.), un concepto que este autor busca, insistentemente, en todas sus poesías y que distingue, nítidamente, la diferencia en favor de lo que debe ser la auténtica poesía. Pero ¿qué es el “momento poético?: es el instante más elevado de la “carga emocional” (c. e) que necesita el poeta para poder transmitir con toda su “fuerza expresiva” (f. e) el sentir de la belleza vívida de todo lo que le rodea. Cuando se encuentran e interactúan la “carga emocional” (c. e) y la “fuerza expresiva” (f. e.) del poeta en su cota cartesiana más álgida, es cuando sucede el “momento poético” (m. p) y es, en ese preciso instante, donde se origina y sucede la verdadera creación poética. Estos tres conceptos son a mi juico vitales para que emerja la poesía con todo su esplendor.

Para finalizar y siguiendo en la misma línea de orientación pedagógica que hemos venido haciendo hasta ahora, vamos a entrar en el terreno de lo práctico y nada mejor que analizar una de las poesías que encierra esta obra, cuyo título es el “El Jardín. Dice así.

Cuida el jardín
para que tus flores vivan,
que no les falte agua ni luz
y sean sus pétalos
cálices que brillan.
Son tu esperanza y alegría,
tus ojos, tus manos,
tu corazón que palpita;
son tu verdad, tu guía,
la paz, el silencio…
¡son los sueños
qué te hacen vivir
Y gozar de la vida!

Esta poesía se concibe, como una más, dentro de la concepción humanista que impregna la obra, de ahí que el autor tenga muy presente a la persona humana en la mayoría de sus composiciones y esté siempre dispuesto a hostigar con ternura su espacio sensible para orientar su felicidad. El ser humano es la pieza clave de esta obra y, por lo tanto, vamos a encontrar en todos las poesías algún referente que implique su presencia; es el protagonista de la acción y donde el poeta vierte toda su carga emocional. El hombre es una realidad en sí misma que exterioriza una forma de ser que no se puede obviar, tiene la capacidad de generar sentimientos y emociones desde su propia interioridad y necesita abrirse a la vida para ser feliz. Es, así, como concebimos al hombre en esta poesía: como si fuera un jardín que todos tenemos el deber de cuidar porque, entre otros motivos, no hay nada más importante que nosotros mismos y cuanto más florido y hermoso esté ese jardín, mayor será nuestra dicha al contemplarlo y mayor será nuestra felicidad y la de quienes nos aman. La presente poesía nos invita a cultivar las flores de ese jardín ideal que cada uno tenemos dentro y que moldean nuestra belleza interior para situarnos en otra dimensión más noble, donde se encuentra la felicidad (transcendencia) a través de los valores de la propia interioridad.
Una vez concluido el análisis de esta poesía, “el jardín”, se puede advertir que no es tan difícil penetrar en esa especie de bruma lírica cuando se conocen los parámetros por los que el poeta rige su creatividad. Conocer el pensamiento del autor y encontrar el sentido que impregnan sus poesías nos permite entender mucho mejor este género tan vivo y apasionante donde el poeta, recogido en claustra intimidad, emprende su labor compositiva. El lenguaje poético, expresión ideal de las emociones del autor, nos acerca a ese mundo sensible donde cualquier espacio vital se hace poesía para dibujarse en el lienzo transcendente de lo que permanece inmutable al tiempo. Así es la poesía: una manifestación de la razón que sitúa al hombre en una nueva y sorprendente dimensión ideal, por donde, también, puede canalizar sus aspiraciones ideales o transcendentes (Salvación). Esta forma de captar la realidad, mediante una actividad sensorial que le dotó de un “conocimiento” cargado de experiencias, fue la causa primigenia que le permitió al hombre dar ese gran salto cualitativo y salir de su animalidad para dar lugar a su primera razón instintiva o iluminativa que —en su aspecto cualitativo— le permitió entender el bien a través de sus sentimientos (razón transparente), y entrar en esa esfera ideal plena de religiosidad (razón transcendente): unos mecanismos propios y muy sutiles de captación de la realidad que ningún otro ser poseía y que le permitía captar sensaciones armónicas en su entorno: unas sensaciones ideales que, poco a poco, fueron despertando su razón transcendente y cuya labor operativa comenzó a manifestarse describiendo, poéticamente, esas sensaciones como ideales de perfección y belleza que su propia razón visualizaba. Había nacido la poesía, una nueva concepción racional que apuntaba hacia un mundo diferente, con otra visión más sublime de la realidad y que transcendía cualquier experiencia vivida por el hombre, elevándole por encima de todo lo meramente existencial hacia su transcendencia (Dios).
Así es la poesía, un océano de sueños donde caben todos los suspiros del corazón.

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